Los guardias civiles pasaban con indiferencia por delante de aquel hombre desconsolado. Quizás aséptica indiferencia profesional. Quizás no querían mirar a la tragedia, porque verla, sin duda la habían visto. Se toparon con ella ensangrentada yaciendo en el suelo.
El hombre, sentado en un duro y vetusto banco de madera, lloraba desgarradoramente sin consuelo. Hubiera hundido su cara cubierta de lágrimas en sus manos de no haber sido porque los grilletes de acero pavonado se lo impedían manteniéndolas unidas tras su espalda.
Lloraba amargamente. No sabía como demonios había llegado a hasta aquella situación. O quizás sí. Tras el amor, el desamor. De ahí a la indiferencia que le llevó al desprecio. De aquel, al odio. El odio ineludiblemente a la ira. Y a partir de la ira, lo que todos sabemos, pero muchos prefieren no ver. O pasan con un movimiento indiferente del dedo índice en el scroll infinito.
Lloraba amargamente. No quería hacer daño. O sí. El solo quería sacudirse la losa que portaba desde hace tiempo. El ansia mal o nada gestionada que no le diferenciaba de una bestia. Él no sabía o no quería aplacar ese animal que habita en su interior y que afloraba con el débil, con el desvalido, con quien menos lo merecía.
Lloraba amargamente. No por lo que hizo. Sí por ser consciente de ello y que la angustia no cesaba, la hiel seguía brotando a pesar de haber asesinado a la mujer que tanto, amó, odió e hizo sufrir. Haber liberado a la bestia no le libró de ella. Por eso lloraba tan amargamente. La bestia era él.

Dedicado a todas las víctimas de la violencia machista


